Budismo Tibetano

El budismo

Si hablamos sobre el Tíbet, la referencia al budismo es ineludible, porque este forma parte de la esencia del ser tibetano y lo identifica de un modo absoluto. Gran parte de la historia y de la peripecia vital de los tibe­tanos ha estado signada por la religión que abrazaron a partir del siglo VII de la era común. La coherencia entre sus creencias budistas y su proceder explica, por ejemplo, la actitud que han tomado durante sesenta años de ocupación china, en los que el embanderamiento con la lucha no violenta ha sido el rasgo característico de una resistencia pacífica, siguiendo los li­neamientos trazados por su líder espiritual y político, el XIV Dalai Lama. Lo que antecede valida un rápido repaso sobre la religión que Buda inició 500 años antes de Jesucristo, repaso que es enriquecido con la opinión y la información brindada en muchas de las entrevistas que contiene este libro.

Hace poco tiempo el renombrado monje budista tibetano Matthieu Ricard1 publicó en su página de Facebook:

¿Es el budismo una religión? Esto es algo que comúnmente le pre­guntan al Dalai Lama. Su respuesta usual es en tono de broma: “¡Pobre budismo! Rechazado por las religiones como una filoso­fía ateísta, una ciencia de la mente, y por los filósofos por verla como una religión; no hay lugar donde el budismo tenga dere­chos civiles. Pero puede ser que esto sea una ventaja que permi­ta al budismo construir puentes entre religiones y filosofías.” En esencia, podríamos decir que el budismo es un camino de trans­formación hacia la iluminación, una ciencia contemplativa y una rica tradición filosófica de donde se deriva una sabiduría aplicable en cada instante y en todas las circunstancias.

(Matthieu Ricard: [Francia, 1946] Hijo del renombrado filósofo francés Jean-François Revel. Tras finalizar sus estudios en genética molecular, se retiró a los Himalayas y se convirtió en monje budista tibetano. Ha intervenido en numerosos proyectos que vinculan al budismo con la ciencia, y su mente en estado meditativo ha sido estudiada por neurocientíficos occidentales. Estudios de su cerebro rea­lizados por el Dr. Richard Davidson dela Universidadde Wisconsin, llevaron a declararlo el “hombre más feliz dela Tierra”)

Según sostiene el Prof. José Morales Marín (2001) en su Teología de las Religiones:

El budismo es en su origen un noble intento de suministrar un remedio a los sufrimientos de la humanidad y de elevar y satisfacer el impulso moral. Es un intento asimismo, de hacer la vida más tolerante mediante la represión del egoísmo y el desarrollo de la solidaridad y la ayuda mutua.
(…)

La doctrina liberadora de Siddharta Gautama se presenta como un sistema ético basado en la razón y en la naturaleza humana, con amplias repercusiones morales y psicológicas.

A diferencia de las tres grandes religiones monoteístas, el budismo no cree en la existencia de un Dios creador, por lo que, si se lo considera como religión, cae en la paradoja de ser una religión atea. Es evidente que si to­mamos la acepción de la palabra religión, del latín religare, y la interpreta­mos como esa ligazón que vuelve a unir al Hombre con Dios, el budismo no reúne las características como para ser definida como tal; incluso en sánscrito, en pali y en tibetano, no hay un término equivalente a religión.

Siddharta Gautama nació alrededor de560 a. de C. en Lumbini, al noreste dela India, ciudad que en la actualidad pertenece a Nepal. Hijo del rey Suddhodana del clan de los Sakyas, Sidarta, que significa el que cumple su objetivo, estaba llamado a ser el heredero del reino, el que por cierto era uno de los más ricos de esa zona dela India.

Según profetizó el vidente Asita, el niño tenía dos posibilidades en su futuro, o bien conver­tirse en un gobernante de gran poderío o bien ser un Buda, alguien inte­resado solo en el bienestar de los demás. Su padre, al conocer la profecía, intentó volcar los acontecimientos de modo que la primera opción fuese la que se cumpliera. Así, el niño creció dentro del bienestar y la holgura que significaba su condición de príncipe heredero del reino, alejado de las mi­serias humanas y destacándose en todas las actividades que desarrollaba, ya físicas como intelectuales. Todas sus necesidades y deseos se satisfacían dentro de los muros del palacio, por lo que su perspectiva de la realidad no iba más allá de ese contorno. Se casó siendo adolescente con Yasodara, con quien años más tarde, tuvo un hijo de nombre Rahula.

A los veintinueve años, en una salida de su palacio junto a su cochero, se enfrentó a tres de los más duros componentes de la existencia humana: la enfermedad, la vejez y la muerte, lo que lo conmovió profundamente. Esa confrontación con el sufrimiento, lo hizo modificar su vida y aban­donarlo todo. Vivió primero como un asceta, sometido al más duro re­nunciamiento, razón por la cual llegó a estar cerca de la muerte. Así fue hasta que comprendió que ese no era el camino para hallar la verdad ni la liberación. Optó por una búsqueda diferente, se sentó debajo de una higuera y se prometió no levantarse de allí hasta encontrar las respuestas que buscaba. Mientras estaba en meditación profunda fue atacado por mara, el demonio. En una conferencia que dictara sobre el budismo, Jorge Luis Borges realizó un relato no exento de valor poético sobre ese ataque a Siddharta mientras se encontraba en meditación:

El príncipe está sentado al atardecer bajo el árbol del conocimiento, ese árbol que ha nacido al mismo tiempo que él.
El demonio y sus huestes de tigres, leones, camellos, elefantes y gue­rreros monstruosos le arrojan flechas. Cuando llegan a él, son flores. Le arrojan montañas de fuego, que forman un dosel sobre su cabeza. El príncipe medita inmóvil, con los brazos cruzados. Quizá no sepa que lo están atacando. Piensa en la vida; está llegando al nirvana, a la salvación. Antes de la caída del sol, el demonio ha sido derrotado. Sigue una larga noche de meditación; al cabo de esa noche, Siddharta ya no es Siddharta. Es el Buda: ha llegado al nirvana.

Nirvana es un término sánscrito que significa aniquilación y que debe interpretarse como aniquilación de lo sensorial, en especial de los tres ve­nenos de la mente: la ira, el deseo y la ignorancia. A partir de entonces Sidarta fue el Buda, el “despierto”, llegó a la iluminación a los treinta y cinco años; hasta su muerte, que se produjo cuando tenía más de ochenta., predicó sus enseñanzas.

Su primer sermón lo dio en el Parque de los Ciervos en Benarés. Allí dio el primer giro de “la rueda de la ley”; la rueda es el símbolo budista, así como la cruz lo es del cristianismo o la estrella del judaísmo. En Benarés predicó a cinco ascetas que habían estado junto a él en su época de ascetismo. Les dijo que el camino no lo indicaban los comportamientos extremos, ni los placeres sensuales ni la propia mortificación, sino la vía del medio. Allí habló sobre las Cuatro Nobles Verdades que son la esencia de la doctrina budista:

Primera Noble Verdad: la vida es sufrimiento.

Segunda Noble Verdad: el sufrimiento tiene un origen, tiene una causa, el deseo de vivir acompañado de todas las pasiones y apegos. La ignorancia, en el sentido de desconocer que el ser carece de existencia intrínseca, abo­na todas las emociones negativas.

Tercera Noble Verdad: el sufrimiento puede cesar, si se logra superar esa ignorancia y si se extinguen esas emociones negativas.

Cuarta Noble Verdad: para cesar el sufrimiento se debe seguir el Óctu­ple Sendero: Recto Entendimiento, Recto Pensamiento, Recto Lenguaje, Recta Acción, Recta Vida, Recto Esfuerzo, Recta Atención y Recta Con­centración.

El precepto fundamental del budismo es la interdependencia o la ley de causa y efecto.

Esto simplemente afirma que todo lo que experimenta un ser individual es derivado a la acción desde la mo­tivación. La motivación es así la raíz tanto de la acción como de la experiencia. De este entendimiento han derivado las teorías budis­tas de la conciencia y el renacimiento.

La primera sostiene que dado que la causa da lugar a un efecto, que a su vez se convierte en la causa de otro efecto, la conciencia debe ser continua. Ella fluye una y otra vez, reuniendo experiencias e im­presiones, de un momento a otro. Al momento de la muerte física, se deduce que la conciencia de un ser contiene la huella de todas

esas experiencias e impresiones pasadas y de las acciones que las precedieron. Esto es conocido como karma, que significa acción. Es así que la conciencia con su karma, es quien renace en un cuerpo nuevo, animal, humano o divino (El Dalai Lama, 1990)

Agreguemos que la conciencia está en cambio permanente, incluso en el período de transición posterior a la muerte y anterior a la reencarnación, conocido como bardo (estado intermedio)

Karma es un término que se ha instalado entre nosotros, lo escucha­mos a menudo, pero no siempre respetando su exacto significado.

A propósito del Karma es importante señalar que, debido a una mala interpretación de la doctrina, hay una tendencia a echarle la culpa de todo lo que sucede al karma, en un intento por sacudirse la responsabilidad o la necesidad de tomar iniciativas.
(…)

El Karma es un proceso muy activo, y el futuro que nos está reser­vado viene determinado en buena medida por lo que hacemos en el presente (El Dalai Lama, 2004)

La creencia budista en la conciencia, impermanente y cambiante, explica su no creencia en el alma, atman, como entidad inmutable y permanente. Este es otro aspecto que la diferencia no solo del cristianismo, del judaís­mo y del islamismo, sino también del hinduismo.

A diferencia de lo que podría pensarse prima facie, el renacimiento no debe tomarse como un premio; todo lo contrario. Volver a renacer es volver al sufrimiento que significa la vida. Si lo hacemos, es para seguir aprendiendo, para poder ir superando nuestros errores, nuestras emocio­nes negativas. Ese ciclo interminable de renacimientos se conoce como samsara. Solo nos libraremos de él cuando hayamos superado todas las negatividades y alcanzado la liberación, el nirvana.

Todas las enseñanzas de Buda conforman un marco filosófico, psi­cológico y práctico que nos muestra cómo trascender la influencia de la mente neurótica o “samsárica”, arraigada en las ambiciones del ego y en el interés exclusivamente personal. La fijación en la concepción ilusoria de un “yo”, como una entidad permanente y existente en sí, es el origen de todas las pasiones que agitan la men­te: el placer, el desagrado, la indiferencia, los estados de conciencia exaltados o depresivos, y todos los condicionamientos propios de una existencia cíclica, que siempre desemboca en sufrimiento.

Los tres ciclos de enseñanzas y prácticas que ofrece el budismo, poseen una armonía interna y una progresión entre sí que los hace únicos y complementarios. Brindan los medios para abandonar efectivamente el apego a una existencia condicionada por la igno­rancia y sus proyecciones. Todo lo que se manifiesta en nuestro campo de experiencia no es más que el despliegue de la ley de cau­sas y efectos, y de su interdependencia, lo que revela una estrecha relación entre todos los seres y todas las cosas. Entonces, cuando el karma negativo deja de producirse, el sufrimiento ya no tiene lugar (Lama Sangye Dorye, 2009).

El Buda impartió sus enseñanzas a través de la vía oral. Recién alrededor de cuatro siglos después de su muerte se llevaron a la escritura. La lengua utilizada en esas primeras escrituras fue la Pali, lengua de la rama indo-irania, similar al sánscrito. El Canon Pali, núcleo de la doctrina budista, está formado por los libros incluidos en la Tripitaka.8 La Vinaya Pitaka refiere a las reglas monásticas. La comunidad monástica budista se deno­mina sangha, y fue la primera comunidad religiosa que se conoció en el mundo. El Sutta Pitaka refiere a los sermones y prédicas del Buda, y el Abbhidharma Pitaka contiene reflexiones sobre su palabra.

De acuerdo con los métodos y prácticas utilizadas para llegar a la iluminación, el budismo se divide en Hinayana, Mahayana y Vajraya­na. El Hinayana (pequeño vehículo) persigue la realización del arhat, el logro de la iluminación personal. El Mahayana (gran vehículo), la del bodhisattva, es decir la de que aquel que habiendo alcanzado la ilumi­nación continúa renaciendo para ayudar al resto de los seres sensibles a lograr su propia liberación.

Según recoge Ana-María Clasing (2005) en su libro Tíbet, País y Cultura, sobre el Vajrayana (vehículo del rayo) el Dalai Lama señala:

El vehículo tántrico, o Vajrayana, que la tradición tibetana con­sidera el vehículo supremo, está incluido en el vehículo universal (Mahayana). Además de las prácticas de meditación destinadas a intensificar la propia comprensión de la vacuidad, y de la boddhi­cita (genuina aspiración altruista de alcanzar la plena iluminación por el bien de todos los seres), este sistema incluye ciertas técnicas avanzadas, que permiten utilizar los diversos elementos del cuerpo físico en la práctica meditativa. Esta utilización de prácticas de me­ditación que incluyen la coordinación sutil de elementos mentales y fisiológicos en el interior del practicante es un rasgo particular del vehículo tántrico.

Es muy difícil calcular el número de budistas en el mundo dado que en muchos lugares de Asia donde se practica no existen estadísticas confiables; además, es imposible saber el número siquiera aproximado de budistas en China, donde, más allá de tratarse de un Estado ateo, la política hostil hacia la religión ha significado una traba insalvable para conocer esas cifras. Por tales motivos, no es extraño encontrar datos que van desde los300 amás de 1500 millones de adeptos. Más allá de no poder afiliarnos a la rigurosidad de las cifras, la importancia del budismo es por demás significativa, y si bien su mayor difusión se encuentra especialmente en Asia, también tiene reper­cusión en Occidente, sobre todo a partir de los viajes que el XIV Dalai Lama comenzó a hacer a esa parte del orbe, desde la década de 1970.

No solo el Dalai Lama ha llegado a Occidente; también lo han hecho muchos otros lamas del budismo tibetano, así como de otras tradiciones budistas como la zen, de importante arraigo en China y Japón. Es im­portante señalar que esos viajes que permiten el encuentro de estos repre­sentantes de la doctrina budista con occidentales, tienen como cometido enseñar y dar a conocer el dharma, sin sugerir, ni mucho menos exigir, una conversión al budismo y un abandono de la tradición religiosa original de quienes se acercan a las charlas, conferencias o enseñanzas. Se dan a cono­cer los preceptos fundamentales del budismo y se enseña su herramienta básica, la meditación, pero es práctica común entre los maestros budistas, no solo no incentivar la adopción de la doctrina por los occidentales, sino aconsejarles que mantengan su tradición religiosa, incorporando aquello del budismo que puedan considerar beneficioso.

Lo que antecede es una mínima información sobre el budismo, con el único fin de contribuir al mejor entendimiento del pueblo tibetano que ha tenido a esta práctica religiosa como guía y como meta; por eso este capítulo no se cierra, sino que va a interactuar con los hechos históricos que comenzaremos a narrar de inmediato. Sirvan como nexo las siguientes palabras de Robert Thurman (1995):

El rico mosaico de los seres iluminados constituye la auténtica raíz de la historia tibetana. Los tibetanos viven en un universo multidi­mensional; son conscientes de que un acontecimiento en concreto tiene un aspecto distinto para cada ser. Así, en la historia, postulan por una “percepción ordinaria” y una “percepción extraordinaria” y en ocasiones por niveles de la historia “externos”, “internos” y “secretos”. Todos ellos no son forzosamente contradictorios. En el nivel ordinario o externo, por ejemplo, Siddharta fue un príncipe humano que poseía demasiada inteligencia para aceptar un estilo aletargado de vida maquinal, de forma que renunció a su heredada identidad, hizo unos inmensos esfuerzos para comprender su pro­pia esencia más íntima y logró el despertar completo. Asimismo, en un nivel extraordinario o interno, Sakyamunni logró el estado búdico muchos eones antes y en esta ocasión eligió reencarnarse como Siddharta y manifestar la práctica de una vida búdica con el fin de educar y liberar a los seres de este mundo.

(Extractado y editado del libro Los Latinoamericanos y el Tíbet) 

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