EL EXILIO TIBETANO Y UNA HUMILDE HISTORIA PERSONAL A MILES DE KMS DE DISTANCIA

Aloma Sellanes

Tíbet Patria Libre

Montevideo, 24 de marzo de 2019

 ¿Qué haces tú comprometida con una causa tan lejana? Tal vez sea esa una de las preguntas que más me han hecho en los últimos años. Y al responderla, las reacciones han sido diversas, pero en general, ha habido emoción en la actitud de los interpelantes, mayor o menor, pero emoción al fin.

El 10 de marzo de 1959 comenzó un levantamiento en Lhasa, la capital del Tíbet, porque el pueblo tibetano estaba dispuesto a defender a su líder, el Dalai Lama, de una casi inminente agresión china, que supondría su secuestro o su asesinato. Hacía casi una década que los gobernados por Mao Zedong habían comenzado las incursiones en territorio tibetano y su sed conquistadora había llegado hasta Lhasa con el establecimiento de varios destacamentos militares. En ese ambiente de turbulencia, los asesores del Dalai Lama le pedían que abandonara la capital y viajara rumbo al exilio en India. El Dalai Lama se negó hasta que el 17 de marzo emprendió una riesgosa huida, con los soldados chinos tras él queriendo darle caza. Ese escape culminaría en un exilio que hoy lleva 60 años. Nunca ha vuelto a ser cobijado por el cielo tibetano.

En ese mismo marzo de 1959, en Montevideo, la capital de Uruguay, las lluvias comenzaban a hacerse tan intensas que terminarían dando origen a las mayores inundaciones de la historia del país. Esa lluvia arrullaba el octavo mes de embarazo de una mujer atea y con conocimientos casi nulos del Tíbet y del budismo, que comenzó a enterarse a través de las noticias que un joven monje tibetano corría por su vida a través de los Himalayas. Se sintió conmovida y preocupada por su suerte y la compasión por su situación la llevó a querer hacer algo por ese muchacho perseguido.

Pero qué podía hacer ella a miles de kilómetros de distancia y a no muchos días de dar a luz. “Dalailá”, pensó… lo único que podía hacer era rendirle tributo poniéndole a su niña -ella deseaba que lo fuera- un nombre inspirado en el monje que escapaba. Desconocía el significado del título, y todo lo que lo rodea, simplemente lo retocó para que sirviera de nombre y profunda manifestación de respeto.

A fines de marzo,  el Dalai Lama llegaba un tanto maltrecho, pero a salvo, a la India;  antes de nacer y por unos días más yo llevaría un nombre inspirado en él. Un par de días antes de la fecha en la que el mundo me recibió, mamá cambió su decisión y me dio el nombre que llevo. Pero, aunque cambiara su elección, sin saberlo, había construido un nexo que marcaría mi vida. Cuando tuve uso de razón y me contó el porqué de mi nombre y el del que casi tuve,  toda mi atención se fue para las montañas y ese escape y ese monje… realidades tan ajenas a mi lugar, que ignoro cómo me las arreglé para imaginarlas con solo tres años. Fue así como el Dalai Lama y el Tíbet pasaron a resultarme familiares, en un entorno que los desconocía.

 La diáspora tibetana fue construyendo junto a su líder una nueva y ardua vida en la India; las décadas siguientes fueron de reacomodo y también de apertura, el Tíbet aislado que fue fácil presa del invasor, dejaba paso a sus hijos viajeros e indómitos, urgidos de narrar su tragedia, pero, por sobre todo, de hacer conocer su filosofía de vida, basada y sustentada en los principios budistas. En 1973, el Dalai Lama viajó por primera vez a Occidente y los occidentales comenzaron a enamorarse de él.  El oráculo le había dicho una vez, estando en el Tíbet, que su estrella brillaría en el oeste, él pensó en un oeste más cercano, la India, pero luego se dio cuenta que el oráculo veía un horizonte más lejano al pronunciar su profecía.

Podría pensarse que el zenit de su romance con Occidente se dio en 1989 cuando le fue concedido el Premio Nobel de la Paz, pero no pueden preciarse menos los cientos de miles de personas que a lo largo de más de cuatro décadas han abarrotado estadios, salas de conferencias, auditorios y cuanto espacio público ha sido utilizado por el autodefinido simple monje budista, para dar charlas y enseñanzas. El oráculo no lo específico pero la estrella de la que habló se parangonó por algunos, con una máxima estrella de rock por su gigantesca capacidad de convocatoria.

El Tíbet que, tras la huida de su referente más importante, perdió a 87 mil de sus ciudadanos a manos de los invasores, según documentos oficiales chinos, vio como en los años siguientes, lo dividían en varias partes, sumando su territorio a cuatro provincias chinas y dejando como porción mayor una Región Autónoma Tibetana, que de autonomía no ha tenido nada. La falta de libertad, la represión y el irrespeto a su cultura fueron, y siguen siendo,  el sello distintivo de una devastadora dominación que ha apuntado al exterminio de la que una vez fuera una nación soberana.

En todo ese tiempo, mi conocimiento de todo lo que antecede no era demasiado significativo; en esta parte del mundo las noticias sobre esos hechos carecían de cobertura expresiva. Recuerdo sí, la voz emocionada de mi madre al otro lado del teléfono diciéndome “al Dalai Lama le dieron el Nobel de la Paz”; siempre sentí que a ella le quedó una cierta pena de haber cambiado el nombre que en principio me quiso dar.  Por entonces, mis hijos mayores tenían 1 y 2 años, así que poco podía sacar la cara de pañales, biberones y papillas.  

Al inicio de mis cuarenta y después de terminar una novela que aún sigo sin publicar, comencé a construir otra, La Historia Final. Su peculiaridad reside en que además de ocurrir en mi país, su comienzo y su final ocurren en los Himalayas con dos personajes tibetanos, padre e hijo, quienes, tras años de exilio, deciden volver al Tíbet. Quise al terminarla, que los diálogos entre padre e hijo estuviesen en idioma tibetano. Tal vez haya habido un cierto capricho en mi decisión, o quizá un mandato más allá de lo explicable, pero si esas páginas no estaban en tibetano, yo no quería publicarla. Buscar quién lo hiciera se presentaba como una ardua tarea.

Después de muchos “no”, di con la Oficina del Tíbet de Londres. Con gentileza y prontitud me pasaron a la de Nueva York, la que con la misma diligencia respondió a mi solicitud. De inmediato, me pidieron el original que debía ser traducido y se encomendaron a la tarea. La persona que entró en comunicación conmigo (al principio yo no sabía si era hombre o mujer, monje o laico) al estar realizando el trabajo me envió un mail en el que me decía: “¿Por qué Ud. se interesó en el Tíbet? ¿Qué saben en su país del Tíbet? Mientras hacía la traducción, yo sentí que esto lo había escrito un tibetano de mi generación”.  Su comentario se convirtió en el mayor elogio que haya podido recibir por algo que he escrito. La persona que había aceptado con presteza mi pedido era, y sigue siendo hasta hoy, el representante del Dalai Lama para América Latina.

Esos fueron los primeros pasos de una dedicación a tiempo casi completo a la causa tibetana. Me zambullí en cuanta información me fue enviada y en cuanta pude encontrar, comencé a escribir artículos y pasado un breve tiempo, me animé a traducir artículos sobre el tema, del inglés al español.

La primera década del siglo XXI seguía viendo a un Dalai Lama muy dinámico, viajando de un lugar al otro, concitando la atención de miles en cada una de sus presentaciones, siendo recibido por gobernantes y políticos en todo el mundo. Había una efervescencia especial por todo lo relacionado con el Tíbet, ya fuera por el budismo o por la situación política. En el 2006, el Dalai Lama viajó a algunos países de América del Sur. Uruguay no estaba entre ellos. Pregunté si podía conceder una entrevista para la TV uruguaya y accedieron de inmediato. Tener un querido primo como directivo de uno de los canales más importantes, facilitó las cosas. En abril, el canal 10 de Montevideo envió a su mejor plantel a Buenos Aires, con la periodista más reconocida de mi país encabezándolo. Podría escribir muchísimo sobre ese encuentro y esa entrevista, pero de algún modo debo resumir. Y no hay forma más efectiva de hacerlo que decir que esa fue la primera vez que estuve mirada a mirada con el Dalai Lama. Lo que sentí al verlo fue que ya lo conocía, que ya había estado antes con él. Cuando me sostuvo la mano para tomarnos las fotos, le apreté fuerte la suya, pensando en mamá, en lo que ella había querido, en lo que me había regalado sin imaginarlo, en que daría mucho por contárselo, pero no era posible porque había fallecido muchos años antes.

Esa tarde, después de la entrevista y de una reunión con parlamentarios uruguayos en la que estuve presente merced al deseo de los tibetanos, el Dalai Lama hizo un movimiento con su cabeza hacia un costado y dijo casi murmurando, “yo de Uruguay no sabía nada, y ahora sé”.

Un par de años más tarde, en marzo de 2008, comenzó en el Tíbet una rebelión importante que se expandió a lo largo y ancho del país. La represión china fue cruenta y el líder tibetano hizo todos los esfuerzos para que sus compatriotas desistieran de la violencia. Esa, tal vez, haya sido la última vez que se miró hacia el Tíbet con detenimiento. Luego vino un tiempo diferente, igualmente triste, pero en el que el mundo prefirió volcar su mirada a los bolsillos cada vez más gordos y seductores de los tiranos chinos, esos que, haciendo gala de una repulsiva prepotencia, decidieron amenazar a todo aquel que osara reunirse con el Dalai Lama. Los encuentros del líder tibetano con los políticos mermaron notoriamente, porque los políticos prefirieron extender la alfombra roja a los violadores sistemáticos de los derechos humanos y le dieron la espalda al mayor ícono de la paz de nuestros días.

El libro Los Latinoamericanos y el Tíbet, nació para intentar aportar un humilde granito de arena al conocimiento del Tíbet, del Dalai Lama y de la filosofía de vida tibetana. Esto en el convencimiento personal de que un poco mejor podría marchar nuestro mundo si siguiéramos los principios budistas que buena parte de los tibetanos siguen. Treinta y cuatro latinoamericanos de distintas partes de nuestra región accedieron a brindar su testimonio de porqué se sienten emparentados con el Tíbet, su gente y su pensamiento. Que el libro cuente con prólogo del Dalai Lama es un honor difícil de medir. Haber estado con él durante 20 o 25 minutos para presentárselo, otro privilegio de esos de los que no hay muchos en la vida.

Sus sesenta años de exilio coinciden con mis sesenta años de vida, vida que ha tenido unas cuantas coincidencias con el Tíbet, la última de ellas, tal vez, que mi amada nieta que debía llegar al mundo en abril, se apurara a hacerlo un 10 de marzo, fecha que bien puede tenerse como el día nacional tibetano, la más significativa del Tíbet contemporáneo. Tal vez mi unión con el Tíbet no sea más que una sucesión de “coincidencias”, pero a lo largo de estos años me he inclinado a pensar que ese término tan cómodo para los occidentales no sea el que se adecue aquí.

Dudo un poco si publicar esto, porque es inevitablemente autorreferencial y el mundo está al borde del hartazgo de la palabra “yo” y de que sea su repetición aturdidora la que nos ponga permanentemente al borde del abismo. Volveré a releer todo y veré si lo publico o lo dejo dormir una siesta en la carpeta donde guardo todo lo referente al Tíbet.

Si Ud ha leído hasta aquí, se lo agradezco. Es obvio que lo he publicado.

Por última vez descorro las cortinas del tiempo y veo un joven monje rodeado de montañas y una lluvia intensa que acompaña a una mujer cercana a parir.-

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Foto: De izquierda a derecha

  • Tras la entrevista, Su Santidad el Dalai Lama, la periodista uruguaya Blanca Rodríguez (izq) y la autora de este artículo
  • Luego de presentarle Los Latinomericanos y el Tíbet, el líder tibetano junto a Marisa Escasany (izq) y la autora.
  • Los Latinoamericanos y el Tíbet y La Historia Final

6 thoughts on “EL EXILIO TIBETANO Y UNA HUMILDE HISTORIA PERSONAL A MILES DE KMS DE DISTANCIA

  1. Que hermoso testimonio. La vida tiene misterios que no podemos explicar, pero que nos van haciendo caminar a través de ella. No hay casualidades, todo tiene un por qué… Tengo amigos en las redes que son monjes tibetanos y es mi sueño llegar a conocerlos en persona aunque también están en el exilio. Felicidades por sus logros.

  2. Es emocionante leer la historia que narra Aloma Sellanes, que da cuenta de las misteriosas vueltas que da la vida y de los destinos que van entrelazándose, Su hermoso libro, Los latinoamericanos y el Tíbet, fue publicado en 2006 por una editorial argentina, Gran Aldea Editores y forma parte de su catálogo.

  3. Muy hermosa rubia historia .he logrado leyéndote.
    Qué gran bendición estar frente a un santo como es SS el Dalai Lama . Y el nombre que tu madre te iba a poner o te puso es hermoso .estoy segura que en otras vidas han estado juntos. Han tenido que ver con los tibetanos. .
    Muchas gracias por compartir y pori todo lo q haces por el Tíbet .a veces pensamos q no es nada . Pero la sola información de lo que pasa por ahí ya tiene mucho mérito .pues aquí en occidente nos llegan ,si es que nos llegan ,todas las noticias tergiversadas y arregladas para que China siempre quede en un mejor lugar.
    Desde mi corazón te mando amor ,te doy las gracias y a tu hermosa mamá le envío amor y Luz…

    Om mani padme hum

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