LA GRAN MENTIRA

(El presente artículo fue escrito en 2006. Las circunstancias no han cambiado e incluso empeoraron. La Gran Mentira sigue siendo siempre la misma)

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Tíbet es parte integral de China.

¿Cuál es el significado exacto de esta frase? ¿Cuál es el alcance de tal afirmación? ¿Qué es lo que mueve a una persona, a un colectivo, a una nación a sentirse parte integral de algo? Seguramente en el primer renglón y como condición sine qua non, debe reconocerse el sentimiento de pertenencia, un sentimiento de pertenencia espontáneo y absolutamente libre; la obligatoriedad, la coerción y la violencia desactivan de inmediato la validez del vínculo. 

Tíbet es parte integral de China, afirman los gobernantes chinos desde hace más de cincuenta años y el resto de los gobiernos del mundo coincide de modo bochornoso o calla con penosa cobardía. Tal vez la frase debería cambiarse por China es la dueña integral de Tíbet, lo ha sido por cinco décadas utilizando para afianzar su dominio todos los medios que se le han ocurrido, la mayoría de ellos violentos e ilegales.

Pero volviendo a la afirmación original, ¿acaso la sensibilidad más elemental no recomendaría que se conociera antes que nada el sentimiento de aquellos que deben dar el elemental sustento humano a la frase? Entonces, ¿se sienten los tibetanos parte integral de China? De hacerse un plebiscito -imposible desde luego dado que tal recurso democrático no sería jamás implementado por las autoritarias autoridades chinas- para conocer si están de acuerdo en pertenecer a China ¿cuál sería el resultado? 

A fines de setiembre de este año, un grupo de setenta tibetanos decidió cruzar el paso de Nangpa-la a 5800 metros de altura en la frontera con Nepal para cumplir su sueño de encontrarse con su líder espiritual el Dalai Lama, exilado en Dharamsala, en el norte de India, desde 1959. Como miles de tibetanos que han tomado la misma decisión a través de estas cinco décadas de dominio chino, dejaban atrás su hogar, su familia, sus amigos para aventurarse en un riesgoso y duro viaje. ¿Pone alguien en riesgo su vida y enfrenta una travesía tan desventajosa si el lugar en el que vive le brinda las posibilidades de libertad, instrucción, trabajo, igualdad y justicia? ¿Se sentían estos tibetanos -y los otros miles que han hecho lo mismo- al momento de viajar al exilio, parte integral de la República Popular China? Y más tarde, cuando desde unos metros de distancia fueron tiroteados por soldados chinos, quedando dos de ellos exánimes en la nieve mientras alrededor de cuarenta eran arrestados, quienes salvaron su vida ¿se sintieron pertenecientes a la misma patria que los soldados que los agredieron?

Cuando luego el Ministro de Exteriores chino manifestó tras los hechos en una conferencia de prensa, que los disparos chinos habían sido respuesta a una anterior agresión tibetana y cuando los que no estuvimos allí, vimos a través de un vídeo grabado por un cameraman rumano que se encontraba en el lugar junto a unos montañistas, que nada avaló el ataque chino y que tal agresión es una más de las tantas que se dan contra los que huyen, sólo que esta vez quedó registrado en una grabación, ¿sentimos los que observamos la filmación que los tibetanos indefensos y muertos de miedo eran compatriotas de los soldados que fumaban distendidos teniendo a su frente los cadáveres?   

Esos cadáveres yacieron en la nieve como el triste símbolo de más de un millón de tibetanos muertos desde que comenzó la ocupación. Porque en Nangpa-la la agresión fue contra un grupo de caminantes en camino hacia Nepal y luego la India, pero la violencia contra los habitantes del techo del mundo se ha repetido durante estos cincuenta años, de muy diferentes formas. La mínima manifestación contra el dominio chino, ha recibido de inmediato la más severa de las reacciones. Aunque 1989 simbolizará para siempre la brutalidad de Tiananmen, unos meses antes en Lhasa –la capital del Tíbet- se dieron acciones de protesta e exigencias de libertad e independencia que terminaron con numerosos muertos y encarcelados. Los manifestantes llevaban con desafiante valentía la bandera tibetana y cuando quien la portaba era abatido, otro venía a tomarla, arriesgándose a sufrir igual destino. ¿De sentirse parte integral hablamos?  

¿Más ejemplos?

Yendo a algunos no tan violentos o de una violencia diferente, un tibetano no tiene a la hora de conseguir empleo las mismas posibilidades que un chino Han. Si es cierto que ambos pertenecen a la madre patria, deberían contar con la misma chance. Pero allí nos encontramos con un factor de importancia decisiva: la lengua; el tibetano y el chino son lenguas completamente diferentes. La inversión financiera china en Lhasa ha sido por demás significativa pero los puestos de trabajo, sobre todo aquellos de mayor nivel, son acaparados por los chinos Han quienes cuentan para ello con una herramienta fundamental: su lengua materna. La mayoría de los tibetanos es relegada a empleos de segundo orden o lisa y llanamente al desempleo. Volviendo a la inversión económica que ha beneficiado a las zonas urbanas de Tíbet con la salvedad hecha, la misma no llega a las áreas rurales donde la mayoría de los habitantes vive con menos de un dólar diario, es decir por debajo de la línea de pobreza.

¿Se puede sentir parte integral de China, un pueblo con un alto grado de religiosidad y misticismo cuando las manifestaciones religiosas y místicas están sino prohibidas fuertemente controladas? De los más de seis mil templos existentes en el Tíbet antes de la invasión china, quedan poco más de cien. Los monjes que asisten a ellos deben pasar por una “educación” especial donde las autoridades comunistas les enseñan a despreciar a quien ha sido durante siglos el principal líder religioso del Tíbet, el Dalai Lama. Sin embargo, en una actitud “generosa”, la madre patria le permite a los tibetanos demostrar veneración por el segundo líder religioso en importancia: el Panchen Lama; esa generosidad se basa en el hecho de que fueron las propias autoridades chinas (comunistas y ateas y seguidoras de la máxima de Mao: la religión es veneno) quienes eligieron al joven –hoy de 17 años- Gyaltsen Norbu como reencarnación del 10° Panchen Lama, fallecido en extrañas circunstancias en 1989. Norbu –hijo de un funcionario comunista chino- vino a desplazar al elegido por el Dalai Lama, Gedhun Choekyi Nyima, de la misma edad y quien desapareciera junto con su familia pocos días después de haber sido reconocido y hasta el día de hoy.

Tíbet es parte integral de China. Lo dicen las autoridades chinas y lo aceptan y/o corroboran los restantes gobiernos del mundo. Es más cómodo aceptar lo que imperativamente indica una país que es una de las naciones de mayor expansión económica de los últimos años, que cuenta con un mercado de 1300 millones de personas y con un poderío militar superado por muy pocos, que manifestarse a favor de un pueblo de escasos seis millones de personas, con una economía insignificante y una larga tradición de no-violencia.  

Los que observamos la cuestión del Tíbet con la convicción de que nada es más sagrado para un pueblo que su autodeterminación, sabemos que sólo la infame voz de las armas puede lograr que los tibetanos se sientan pertenecientes a China.

Más de dos milenios atrás, los chinos iniciaron la construcción de una muralla para defenderse del ataque de manchúes, mongoles y también de los tibetanos quienes no eran tan pacíficos como ahora. La Gran Muralla, construida a lo largo de miles de kilómetros y durante alrededor de mil años, es la única construcción humana que se puede percibir desde el espacio exterior. La Gran Mentira, construida por algunos malos representantes del mismo pueblo, se puede percibir desde cada rincón de la tierra por todos los humanos que aborrecen la violencia y la opresión.-

                Aloma Sellanes Zibechi

           Montevideo, Diciembre 2006

Foto: tibetanos arrestados por fuerzas de seguridad chinas en 2011

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