LA VOLUNTAD DE CHINA DE DESTRUIR LO VIEJO

 

Por Mariana Langsic

 

Destruir al viejo hombre y sustituirlo por un hombre chino moderno, sofisticado, discriminatorio, más racista , y pronto a espaciar aún más el abismo que comienza a existir entre las clases más y menos adineradas , es un hecho que hoy constatan los innumerables extranjeros que viajan a Pekín . Estos buscan en vano huellas de una China antigua en una Pekín arrasada y luego reconstruida.

La destrucción de los templos y de la religiosidad forma parte de esta insistente abolición.

En relación al anticlericalismo, este nace en la época de los Emperadores,  quienes al relacionarse con mayor frecuencia con Occidente y constatar la superioridad técnica de Europa, advierten la necesidad de una reforma ética . La decadencia de China a principios del S.XIX fue considerada por los aristócratas intelectuales de la época culpa de las “tradiciones y supersticiones” , no así de las instituciones que regían el país, por lo que a partir del año 1898, los templos taoístas, budistas y confucianistas fueron intervenidos y transformados, muchos de estos en escuelas; sus lugares de culto religioso fueron profanados, disueltos y sus maestros  taoístas liquidados.

Este odio por parte de las elites políticas en contra de los “dioses del pueblo”, proviene en parte de los burócratas confucianistas hacia las “supersticiones” populares budistas y taoístas. Sin embargo, el confucianismo también debió sufrir lo mismo, luego en la historia política de China, la cual se aparta totalmente de cualquier espiritualidad sea esta representada por ideas taoístas, budistas o confucianistas.

Las tradiciones religiosas en China a partir de 1840 se ven también humilladas por los intelectuales occidentales, que veían en estas solo aspectos de supersticiones vanas. Este hecho sin duda ejerció su influencia en la destrucción de todo lo que parece viejo y explica también la violencia de las revoluciones en contra de las ciudades, la abolición de los templos, los archivos y los monumentos.

Esta China antigua fue destruida a propósito, con odio de sí, y contribuyó a la destrucción de los cultos religiosos y de una gran parte del patrimonio de China. No ha sido originalmente única responsabilidad del Partido, sin embargo este ha perfeccionado su método y la represión se ha vuelto más sutil al grado de instigar en la mente de sus habitantes un complejo de inferioridad frente a Occidente que los vuelca más sensibles y llenos de odio y venganza.

A los fieles “se les permite creer, siempre y cuando no se organicen; si se organizan solo lo pueden hacer enmarcados por el Partido. Los cultos son autorizados solo si respetan las instrucciones de las asociaciones patrióticas taoístas, budistas, católicas, protestantes, musulmanas; son todas sucursales del Partido que no se ocupan solamente de la organización. Intervienen también en la teología cuando esta no les parece lo suficientemente racional.” (1)

Es interesante constatar también que los templos budistas en China, no únicamente los ubicados en la región de Lhasa, Shigatze o regiones cercanas, sino que todos los templos budistas aún existentes fueron reabiertos en 1990 y son controlados por las oficinas del Ministerio de Turismo. Sin duda muy beneficioso para el Estado puesto que esto constituye una fuente de ingresos considerable.

El gobierno actúa de igual manera en Tíbet transformando el sentimiento nacional y religioso en una atracción turística; el budismo tibetano en Tíbet puede ser destruido más fácilmente por el turismo que por el ejército popular.-

(1)  Sorman, Guy: China: El Imperio de las Mentiras

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