Poniendo al Tíbet Otra Vez en la Agenda

Project Syndicate

Por Dhondup Wangchen

Washington, 15 de mayo de 2018

Los activistas de derechos humanos esperaban que la atención internacional sobre China durante los Juegos Olímpicos de verano de 2008 en Beijing condujera a una mayor libertad política y religiosa. No fue así, pero no es demasiado tarde para presionar a China para que se adhiera a sus compromisos anteriores.

En 2001, cuando se seleccionó a Beijing como sede de los Juegos Olímpicos de verano de 2008, las expectativas eran altas en cuanto a que el desarrollo de los derechos humanos en  China aumentaría como centro de atención internacional. Incluso los funcionarios chinos predijeron el cambio; como el alcalde de Beijing dijo en ese momento, organizar los juegos “beneficiará el desarrollo posterior de nuestra causa de los derechos humanos.”

Pero diez años después, China sigue siendo uno de los países más antiliberales del mundo. Las minorías étnicas son atacadas, los críticos del régimen están encarcelados y las promesas de reforma han sido prácticamente insignificantes. Como disidente político tibetano, soy una prueba viviente de esta realidad.

En diciembre de 2017, llegué a los Estados Unidos después de haber estado detenido en prisiones chinas durante más de seis años. Sufrí palizas y torturas por el “delito” de preguntarle a los tibetanos qué pensaban sobre el liderazgo de China.

Cuando era niño, apenas era consciente de la represión de China en el Tíbet. No fue hasta principios de la década de 1990, cuando visité por primera vez la capital tibetana de Lhasa, que entendí lo que significaba ser un objetivo de la ocupación de China. En 1992, cuando tenía 18 años, vi como los monjes del monasterio Ganden de Lhasa eran arrastrados a prisión por exigir libertad religiosa y política. Muchos pasaron años en la cárcel por atreverse a hablar en contra de China, y cuando crecí, prometí hablar también.

Mi primera etapa en una prisión china estuvo ligada al trabajo que comencé a principios de la década de 2000 imprimiendo y distribuyendo libros en tibetano. Consideré que estos textos eran lecturas importantes sobre la política, la cultura y la religión tibetanas. Sin embargo, las autoridades chinas las consideraban un desafío a su gobierno, y me castigaron en consecuencia.

A medida que se acercaban los Juegos Olímpicos de 2008, comencé a buscar nuevas formas de testimoniar la historia de mi gente. Fue entonces cuando con algunos amigos comenzamos a planear una película documental -llamada finalmente Leaving Fear Behind (Dejando el Miedo Atrás)- sobre las aspiraciones de los tibetanos.

En el invierno de 2007, dejamos atrás nuestro miedo y viajamos por todo el Tíbet, cámara en mano. Para ganar la confianza de nuestros entrevistados, compartimos un video de la concesión al Dalai Lama de la Medalla de Oro del Congreso por el presidente George W. Bush en octubre de 2007. En una entrevista tras otra, los tibetanos expresaron su deseo de ver al Dalai Lama regresar al Tíbet, y compartieron sus frustraciones de que la preparación para los Juegos Olímpicos no hubiera traído más libertad.

El 26 de marzo de 2008,  fui arrestado por la policía secreta de China. Una vez bajo custodia, la tortura comenzó de inmediato. Durante días, me obligaron a sentarme en la “silla del tigre”, un dispositivo de retención utilizado para inmovilizar a los presos durante largas horas de interrogatorio. Durante estas sesiones, me dijeron que sería liberado si admitía que mi proyecto de película era ilegal. Pero me negué, firme en mi creencia de que no había hecho nada malo.

Finalmente, recibí una sentencia de prisión de seis años por “subversión del poder del Estado.” Durante el transcurso de mi encarcelamiento, me trasladaron a menudo y me forzaron a realizar trabajo manual durante horas, sin descansos. En una prisión en Xining, mi salud se deterioró después de que me infecté con hepatitis B. Pero no fue hasta que fui liberado, en junio de 2014, que pude recibir tratamiento.

Incluso sin barrotes a mi alrededor, permanecí enjaulado. Me mantuvieron bajo arresto domiciliario y mis comunicaciones fueron vigiladas de cerca. Todo lo que quería hacer era estudiar, mejorar mis habilidades en el idioma tibetano y encontrar un trabajo. Pero en gran parte del Tíbet, incluso los simples sueños se han vuelto imposibles para los tibetanos; para muchos, la única opción es huir.

Mi largo, arriesgado y costoso viaje a la libertad terminó el día de Navidad del año pasado, cuando llegué a San Francisco y me reencontré con mi familia (ellos dejaron China hace años por su propia seguridad). Por diversas razones, debo mantener los detalles de mi escape en privado, pero no es un secreto que muchos en todo el mundo me ayudaron. Los líderes en los EE. UU., Alemania, Suiza y los Países Bajos pidieron con frecuencia a China que me liberara, y estoy convencido de que esta presión es la razón por la que recibí menos palizas y un tratamiento ligeramente mejor que mis compañeros de celda.

Desafortunadamente, muchos otros tibetanos permanecen encerrados por sus creencias. Ellos también necesitan apoyo. Como les dije a los legisladores estadounidenses durante el testimonio en el Congreso en febrero, los gobiernos occidentales han apoyado durante mucho tiempo a la gente del Tíbet. Pero, a medida que China se ha vuelto más poderosa económica y políticamente, ese apoyo ha disminuido.

Los tibetanos no son fichas de negociación para apaciguar a una China en ascenso; aunque las autoridades chinas se irritan cuando los gobiernos democráticos nos apoyan, nuestras aspiraciones no deben ser intercambiadas por conveniencia política. Una forma en que la administración del presidente Donald Trump podría volver a comprometerse con el apoyo de Estados Unidos sería nombrando un Coordinador Especial para Asuntos Tibetanos, un puesto del Departamento de Estado ordenado por la Ley de Política del Tíbet de 2002 que ha estado vacante desde que Trump asumió el cargo. El Congreso también debería aprobar la Ley de Acceso Recíproco al Tíbet, una solución legislativa para promover cambios positivos en el Tíbet, y exigir la liberación de todos los prisioneros políticos tibetanos.

Ha pasado casi una década desde que cayó el telón de los Juegos Olímpicos de 2008. Pero aunque el gobierno chino ya no hable mucho sobre los derechos humanos, la comunidad internacional nunca debe detenerse. Puedo asegurarles que los tibetanos dentro de Tíbet no han abandonado su lucha, aunque haya menos personas escuchando.-

Dhondup Wangchen es un cineasta y activista político tibetano.

 

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